No te pegan. Pero te destruyen igual.

El bullying de antes era físico.

Cara a cara.
En el patio.
Con testigos.

Dolía.

Pero se acababa cuando sonaba el timbre.

El de ahora no.

Ahora te vas a casa…

y sigue.

Mensaje.

Notificación.

Comentario.

Captura.

Y vuelta a empezar.

Esto no es un grupo de niños aburridos.

Es un sistema perfecto:

anónimo
constante
sin pausa

Y aquí viene lo interesante.

Esto no es solo cosa de adolescentes.

Una chica publica contenido.

Empieza a crecer.

Empieza a destacar.

Y entonces llegan.

“das pena”
“vaya ridículo”
“quién te crees que eres”

Cien comentarios.

Doscientos.

Mil.

No todos son iguales.

Pero todos empujan.

Y no hace falta que sean verdad.

Solo hace falta que se repitan.

Otra historia.

Un profesional comete un error.

Uno.

Alguien lo sube.

Otro lo comparte.

Otro lo exagera.

Y en horas…

ya no es un error.

Es su identidad.

El problema del ciberbullying no es la agresividad.

Es la escala.

Antes necesitabas un grupo.

Ahora necesitas conexión.

Antes el daño era limitado.

Ahora es replicable.

Eterno.

Buscable.

Y lo mejor de todo:

nadie se siente responsable.

Porque es solo un comentario.

Solo un meme.

Solo una broma.

Multiplica eso por miles.

Y tienes a alguien al otro lado preguntándose qué ha hecho para merecerlo.

Spoiler:

nada.

Pero eso da igual.

Porque internet tiene una lógica muy clara:

si llama la atención, se amplifica.

Y el odio llama mucho la atención.

El ciberbullying no es un fallo.

Es una consecuencia.

De plataformas diseñadas para engagement.

De usuarios que no ven caras.

De una distancia que elimina empatía.

No hace falta ser cruel.

Hace falta no pensar.

Y eso lo hace mucho más peligroso.

Porque cualquiera puede hacerlo.

Incluso tú.

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